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Consultas de uso => SALUD => Mensaje iniciado por: yo en 17 de Octubre de 2013, 08:14:09 pm

Título: Salud ambiental (prólogo libro Dr. Fdez-Solá)
Publicado por: yo en 17 de Octubre de 2013, 08:14:09 pm
SALUD AMBIENTAL

Nuestra salud depende de la calidad ambiental, si dormimos mal y nos despertamos cansados y confusos cada mañana, sin causa objetiva, posiblemente estamos en un entorno nocivo, con factores ambientales perjudiciales para la salud, es decir, tenemos el enemigo en casa.
Mi amigo el doctor Joaquín Fernández-Solá me ha pedido escribir el prólogo de este libro, y debemos alegrarnos de esta iniciativa, pues hay pocas publicaciones en España sobre el tema. Este libro trata de la sensibilidad ambiental, y nos muestra que el progreso indiscriminado tienen un alto precio, hemos perdido la conexión con la naturaleza, hemos olvidado el arte de la arquitectura, e insensibles al entorno natural vivimos en un hábitat enfermo, con factores ambientales nocivos, que llamamos domopatías.
Como impartimos, ya en 1997, en un postgrado que tuve el honor de coordinar en la Universidad Politécnica de Barcelona, la existencia de domopatías en nuestro dormitorio o puesto de trabajo puede afectar a la salud, especialmente al equilibrio neurológico.
En los edificios enfermos se observan a corto plazo estrés psicofísico, insomnio, jaquecas, ansiedad, agotamiento crónico o depresión. A más largo plazo pueden aparecer daños orgánicos, con problemas respiratorios y circulatorios, afectando al sistema inmunitario y favoreciendo enfermedades degenerativas, como leucemia y cáncer.
A lo largo de mi experiencia como domoterapeuta, desde los años 80, me he encontrado con casos que se salen de lo normal. Una muestra es una persona muy cercana que presenta un complejo cuadro de electrosensibilidad, sensibilidad química múltiple y síndrome de fatiga crónica. Como consecuencia lleva años sin trabajar, su capacidad de moverse está muy limitada y apenas sale de casa, pues caminar más de diez minutos sobre el asfalto es un esfuerzo. Sin embargo esta misma persona, pasa unos días en el Pirineo, y descubre que allí no se ahoga, no se marea, no se fatiga, y sus piernas pueden llevarla sin dificultad hasta la cascada, disfrutando de la montaña. Es evidente la diferencia de respuesta fisiológica entre el entorno urbano y la naturaleza, quizás lo primero en percibirse sea la pureza del aire, pero tampoco hay ruido ni tráfico, torres de alta tensión ni antenas de telefonía.
Desgraciadamente este no es un caso aislado, y cada vez son más los clientes que acuden a nuestro gabinete con cuadros de hipersensibilidad ambiental. Están afectados por domopatías, la vida les resulta imposible en su entorno habitual, y algunos llegan a abandonar casa y trabajo para encontrar un lugar limpio lejos de la ciudad.
Todos ellos se caracterizan por la hipersensibilidad ante factores ambientales muy comunes en nuestra vida cotidiana. Les afectan los ruidos y los olores fuertes (lejía, suavizante, limpiadores, perfumes), especialmente en espacios cerrados mal ventilados. También son excesivamente sensibles al frío y al calor, como al tacto de ciertos materiales, y tiene que ser muy selectivos con su vestuario o los materiales de su entorno.
Según nuestra experiencia estos cuadros pueden aparecer de forma aguda a partir de una exposición intensa y puntual, como un lugar de trabajo con excesiva carga tóxica, una fumigación, o un accidente industrial. En otros casos surge de modo solapado, tras un largo goteo de exposiciones débiles, que se producen de manera inadvertida, crónica y habitual.
El desencadenante puede ser un cambio en el trabajo, o la renovación del piso con materiales modernos como PVC, pladur o parket sintético. En otros ha sido la mudanza a las cercanías de una fábrica, la instalación de una antena de telefonía cerca de la vivienda, o la nueva red wifi en el colegio donde trabaja.
Desde los años cincuenta somos conscientes de la creciente polución química, inicialmente contaminación atmosférica, pues un progreso tecnológico incontrolado ha traído el humo de las fábricas y el escape de los coches hasta nuestro hábitat, una polución material que podemos ver, oler y mascar.
No somos tan conscientes de la polución vibratoria, ruido y vibraciones,  que si bien podemos captar por el oído, llegan a ser imperceptibles por el hábito, y solo somos conscientes cuando surge el silencio.
Por otro lado nos invaden ondas electromagnéticas en la calle, la casa y el trabajo, penetran nuestro cuerpo y nuestro cerebro, estas ondas incluso penetran la barrera hematoencefálica, pero nuestros sentidos no nos alertan de esta polución invisible e inmaterial.
Como consecuencia de este creciente deterioro del entorno habitable encontramos cuadros de hipersensibilidad ambiental, sensibilidad química, biológica, electromagnética, y otras enfermedades emergentes hasta hace poco desconocidas.
Todos somos sensibles en algún grado, pero no reaccionamos igual ante los agentes nocivos, mientras uno presenta un cuadro de sensibilidad que le causa molestias menores, otros desarrollan patologías serias que les inhabilitan, e incluso ponen en peligro su vida.
La plaga de sensibilidad química múltiple se relaciona con la exposición a fuentes de contaminación ya bien conocidas, como la polución por amianto, CFC, plomo, benceno, zinc, ftalato, formaldehído, organoclorados, radón, etc. Y el cuadro se agrava por el consumo de agua y alimentos desnaturalizados, o contaminados, especialmente por pesticidas y abonos, mercurio y otros metales pesados.
Frecuentemente la calidad del aire es peor en los espacios cerrados, frecuentemente demasiado herméticos, por la presencia de materiales nocivos, productos de limpieza, o por los sistemas de climatización. El informe Greenpeace sobre el polvo doméstico encuentra más cien productos químicos tóxicos dentro de nuestras casas, a veces en triple concentración que en el exterior.
La reciente epidemia de lipoatrofia semicircularis, en edificios emblemáticos de Barcelona, ha puesto de relieve que cierta arquitectura moderna, excesivamente tecnificada resulta realmente inhabitable y estamos creando edificios enfermos. La observación de cómo se disuelve la grasa corporal, creando una depresión visible y palpable, ha generado una gran alarma social. Debemos investigar si esas condiciones laborales nocivas, en primer lugar los campos electromagnéticos, pueden afectar también otras grasas más vitales como la mielina del sistema nervioso.
En las últimas décadas surge una gran preocupación por las líneas eléctricas de alta tensión o las subestaciones transformadoras, con miles de kilovoltios, que causan importantes efectos bioeléctricos como informa el Instituto Karolinska, relacionados con leucemia infantil y cáncer de cerebro.
Y más recientemente surge una gran alarma social por la presencia de las antenas de telefonía móvil, una red que invade todo el territorio, a veces al otro lado de nuestra ventana, e introduce radiofrecuencias (microondas moduladas) que están creando daños neurológicos identificables con el “síndrome de las microondas”, ya estudiado por los rusos en los años 70 en operadores de radar.
El problema es que el cliente afectado se preocupa mucho de esos grandes artilugios que amenazan nuestra casa desde el exterior, pero muchas veces el enemigo está dentro. En nuestras inspecciones encontramos varios teléfonos móviles en cada casa, y es normal la presencia de teléfonos inalámbricos, redes wifi y wimax, o sistemas bluetooth, que generan microondas dentro de nuestro espacio habitable. Todas estas tecnologías producen campos electromagnéticos con efectos intensos a nivel biológico, debido a su gran proximidad a nosotros, como el teléfono inalámbrico en la mesilla de noche. En una casa moderna encontramos además campos eléctricos, magnéticos o electrostáticos, producidos por la red eléctrica interna, en la cabecera de la cama o apenas al otro lado de la pared, transformadores de zona en el bajo de la casa, cuadros eléctricos detrás de la puerta, alimentadores y reactancias, bobinas de motores, tubos de rayos catódicos de monitores de televisión y ordenadores, que nos rodean. Recordemos que basta un simple radiorreloj en la cabecera de la cama para producir más de mil doscientos nanoteslas (1.200 nT), cuando el umbral recomendado por la EPA (Environmental Protection Agency, USA), aconseja un máximo de doscientos nanoteslas. Como referencia la norma UNE-ENV 50.166 de aplicación en España permite una exposición de hasta cien microteslas (100.000 nT), o sea quinientas veces mayor.
Estas cifras reflejan la laxitud de la legislación vigente en España, excesivamente tolerante con la industria, frente a países pioneros como Canadá (Toronto) o Austria (Salzburgo). Otros muchos países tienen normativas muy restrictivas ante las emisiones electromagnéticas, y podemos citar Rusia, Kazajstán, Suiza, Suecia, China o Nueva Zelanda.
Este panorama se agrava por la agresión del creciente ruido ambiental, en particular en las grandes ciudades o cerca de autopistas o aeropuertos, con muchos decibelios tanto de ruido audible como inaudible (infrasonido, ultrasonido). Además las vibraciones mecánicas son causa adicional de fatiga, estrés y sobrecarga del sistema inmunitario, y existen estudios que culpan al ruido crónico como factor de riesgo en patologías degenerativas, algo más que cefalea o sordera. Aquí también tropezamos de nuevo con la tolerancia de la normativa acústica, que en muchos casos se sobrepasa sin apenas control, y tenemos las ciudades más ruidosas de Europa.
Este cuadro alarmante surge de nuestra experiencia de muchos años de realizar inspecciones ambientales o auditorias domobióticas en viviendas, escuelas y empresas, todas ellas con entornos excesivamente contaminados, siempre de origen multifactorial, pues concurren factores químicos, biológicos, electromagnéticos o radiactivos, creando sinergias.
No debemos olvidar que todo efecto químico, es siempre electroquímico, pues los electrones corticales son los responsables de las reacciones químicas, y el electrón es en esencia la electricidad. Por eso la presencia de agentes químicos en entornos con electropolución incrementa el riesgo de modo exponencial, pues genera millones de átomos y moléculas ionizados, o sea radicales libres, muy agresivos en el medio biológico interno.
Somos una inmensa minoría los que somos conscientes de la triste realidad actual, y dedicamos tiempo y energía a informar al ciudadano, a divulgar los riesgos en el entrono profesional, y a exigir a la administración una legislación restrictiva, para proteger la salud pública en aplicación del Principio de Precaución.
Afortunadamente como domoterapeutas podemos aportar soluciones, y en muchos casos hemos podido verificar que el malestar de la dueña de la casa o el absentismo laboral se elimina, o minimiza sus síntomas, tras nuestra intervención técnica, apantallando las radiaciones, eliminando materiales nocivos o modificando los sistemas de climatización, con los criterios biológicos de la domobiótica.
Quisiera terminar con propuestas optimistas, pues es posible armonizar los edificios enfermos con medidas correctoras, de acuerdo a las buenas prácticas de la bioconstrucción. Los factores prioritarios serán, la calidad del agua y del aire, los materiales e instalaciones biocompatibles, y la reducción del ruido y la electropolución, respetando una distancia de seguridad, y si es preciso mediante el blindaje electromagnético ante los focos de mayor riesgo como las antenas de telefonía.
Con estos criterios podemos sanear los edificios enfermos y lograr casas y espacios de trabajo saludables. Si aplicamos las buenas prácticas de la bioconstrucción en el urbanismo, descubriremos que es posible vivir en ciudades sanas, ecológicas y sostenibles.
Nuestros políticos deben saber que vivir, estudiar o trabajar en ambientes nocivos tiene una repercusión socio-económica muy importante, pues afecta de manera muy seria a nuestro capital humano, como pone de relieve el Manifiesto de Barcelona, realizado por el grupo de expertos de Domosalud, equipo que coordino y donde participan varios de los autores de este libro. Estos factores de riesgo ambiental aumentan de manera espectacular el gasto de sanidad y el consumo de medicamentos, especialmente psicotropos y calmantes al favorecer por un lado patologías crónicas como insomnio, estrés, jaquecas, ansiedad, depresión, dolor inespecífico, reumatismo, asma, alergias. Y de otro lado reducen la atención y concentración, producen fatiga, absentismo, bajo rendimiento laboral, errores ante el ordenador y despistes inexplicables ante el volante.
El estado actual de la investigación, aún insuficiente, no ha podido determinar en algunos casos la relación causa-efecto, pero permite afirmar que existe una asociación directa entre la exposición continuada a estos factores de riesgo ambiental y la aparición de muchas patologías en los seres humanos.
En esta línea de trabajo, es de agradecer la investigación del doctor Fernández-Solá y su equipo del Hospital Clínico de Barcelona con las patologías emergentes, como el síndrome de fatiga crónica y la sensibilidad química múltiple, pues el debate en la comunidad científica está abierto. Y sería deseable que pronto sea operativa la nueva unidad de electrosensibilidad, o hipersensibilidad electromagnética, otro aspecto aún poco investigado en España.
Por todo ello, recomiendo una atenta lectura de este libro, que da respuesta a las preguntas de los pacientes con excesiva sensibilidad ambiental, aprendiendo a evitar los riesgos. Mi recomendación final es que hagan un estilo de vida sano, en contacto con la naturaleza, protejan sus casas y su espacio de trabajo, armonizando su hábitat, y consecuentemente su salud se lo agradecerá.