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Autor Tema: Charla de anji carmelo en Aves  (Leído 887 veces)
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AVES – Junio 2008

EKR fue la primera persona que utilizo de manera directa y terapéutica la figura de la mariposa con toda la carga simbólica e inspiradora puede ofrecer.  Cuando ella iba a entierros donde habían niños, para consolarlos sacaba de su inmenso bolso una oruga de lana y explicaba a los niños desolados por el hecho de que su padre o madre, hermanito o abuela estuviera siendo encerrada en un ataúd y enterrada en un hoyo, que lo que había allí era una oruga y no su ser querido porque su ser querida ahora ya era… y abría la cremallera en la parte de debajo de la oruga y se desplegaba una maravillosa mariposa.  Desde entonces y a raíz de sus visitas a los campos de concentración después de la guerra con el hallazgo de cientos de mariposas pintadas en las paredes de los barracones donde vivían los niños, la mariposa se ha convertido en un símbolo no sólo inspirador, sino una manera muy acertada de identificar a nuestro ser querido.

Con mi último libro de oruga a mariposa he querido dar un paso más y describir el proceso de duelo a través de la metamorfosis que lleva a la oruga a finalmente emerger mariposa.

Cuando nuestro ser querido deja nuestro lado y se convierte en mariposa dejando atrás la oruga, todas esas personas que lo querían tanto y que van a echar de menos más… también se convierten en oruga, con todo lo que significa estar en tierra con pocos recursos y totalmente limitados excepto para iniciar sin buscarlo ni quererlo, el complicado proceso de metamorfosis.  El objetivo del duelo se destaca entonces como la superación de la pérdida y la transformación del sufrimiento.  Abarca todo el tiempo y el espacio que se va a necesitar para llegar finalmente a convertirse en mariposa y así poder volver a encontrar al ser querido ahí donde siempre había estado… en el corazón.

Las dificultades que se encuentran en ese camino y que limitan a esa persona que está necesitando cualquier ayuda para salir adelante son muchas pero aquí las voy a reducir a tres.  Hablo de las dificultades para que cualquiera que lo esté viviendo o acompañando a un pariente o amigo pueda conocer y reconocer lo que está pasando.  Saber ayuda a mitigar los efectos tan devastadores del proceso ya que entonces se puede vivir desde la comprensión.  Saber que no somos los únicos y que no nos estamos volviendo locos es básico.

La primera dificultad es enfrentarse al vacío que queda en el entorno y el aún menos llevable que se encuentra en el interior.  El presente desaparece, el futuro también y la persona se queda con los recuerdos de un pasado que van a atormentar por la imposibilidad de ser revividos.
La segunda dificultad es una sobrecarga de todo tipo de emociones y pensamientos casi obsesivos que avasallan sin parar desde el momento que se emerge del primerísimo estado de shock.  Miedos, rabia, culpabilidad, angustia, desesperación y podría seguir…
 
El cuerpo físico es preso de la tercera dificultad: un cansancio y una debilidad resultados del estrés producido por la pérdida, la imposibilidad de dormir y la falta de ganas de comer.
Ya cuando ha pasado un tiempo corto la soledad producida por la ausencia de esa persona tan querida, especialmente en aquellos momentos que convivía con nosotros va a hacerse sentir cada vez más y el síndrome de abstinencia aparecerá e irá aumentando paulatinamente.

Más adelante se presentarán otras dificultades como las llamadas recaídas que en realidad no lo son y que si queréis y tenemos tiempo explicaré más tarde.

Veamos entonces ese camino que lleva de la oruga a la Mariposa.

Cuando se pierde a un ser querido, que para casi todos suele ser la persona que más ha facilitado momentos de alegría, gozo, vitalidad y casi todo lo bueno que llenaba la vida hasta su partida, el vacío que deja lleva a la desaparición de todo eso y más.  De un momento a otro nos quedamos anclados en la tierra, rodeados por un vacío extremo e incapaces de ni siquiera mirar más arriba de nuestro desconsuelo.  En una milésima de segundo todo se torna pesado y difícil y se nos hace casi imposible elevarnos para deshacer las ataduras del sufrimiento.  Podríamos decir que nos convertimos en una oruga, sin vida, casi cómo la que nuestro ser querido había dejado atrás.  Es curioso y por muy tremendo que suene, es normal.  Casi todos los que estamos aquí hemos tenido que pasar por ello y el bajón total que significa la muerte de esa persona que lo era todo, tiene que reconocerse y significarse, para también reconocer nuestras propias muertes y así poder transformarlas. 

En el instante de su ida, todos los futuros desaparecen y no queda nada en su lugar.  Estamos rodeados de muerte y como la oruga, tendremos que tejer un envoltorio protector que además de mantenernos a salvo, en un momento puntual, va a precipitarnos hacia ese nacimiento que nos está esperando para surgir liberados y con la capacidad de elevarnos por encima del sufrimiento, la angustia y el vacío.

Ese día que muchos ya habéis conocido y que todos los que estáis en pleno proceso podéis intuir y vislumbrar, es la meta de todo duelo bien hecho, el momento puntual que nos proporciona esa precipitación en busca de nuevo espacio y la altura suficiente para liberarnos del demasiado dolor.  Todos a lo largo de nuestras vidas tenemos momentos de oruga y momentos de mariposa y si comprendemos un poco esto, quizá nos ayude a vivirnos de forma que podamos potenciar lo que haga falta para encaminarnos sin las ataduras que nos mantienen en el lado menos llevable de la vida, menos llevable del duelo.

Siempre se ha utilizado el símbolo de la mariposa para significar al ser querido.  Pero en cada duelo existe un momento decisivo y es cuando el amor por esa persona que ya no está de forma física, salta las barreras de la materia y une a esos dos seres.  La unión verdadera será siempre a través de la elevación de la persona que se ha quedado en tierra, nunca al revés y esa elevación, significa vuelo, significa ligereza, significa vida.  La mariposa simboliza todo esto y además inspira de una manera totalmente intrínseca.
 
Muy dentro de cada uno de nosotros reside la capacidad para realizar el paso de oruga a crisálida a mariposa.  No necesitamos partir a otros mundos sino que aquí en cada etapa, en cada paso importante que damos vamos a tener que morir a lo caduco, lo de ayer, lo que ya no nos sirve, para poder seguir adelante, aligerados de todo peso, todo lastre. 

Yo pienso que la vida se puede enfocar desde muchas partes de nuestro ser y cuando somos capaces de vivirnos desde nuestros recursos y habilidades tenemos una unión mucho más real con nuestro ser querido que, como hemos visto como mariposa que es, está esperando que podamos echar alas y unirnos de la forma más significativa que existe, sin la necesidad de la presencia física y así alcanzar niveles que ya están a su alcance y que por supuesto logramos a través del amor.

¿Qué significa ser mariposa?

Hoy para trazar ese proceso que nos lleva a ese futuro certero donde podemos desplegar las alas, vamos a tocar algunos puntos que harán falta para lograrlo y que son adquiridas a través del heroísmo demostrado día tras día, a través de la trasformación, pero sobre todo a través del amor que se ha ido fortaleciendo al no tener a esa persona tan necesaria de forma física.  Es la única manera que tenemos para entrar en total unión con nuestro ser querido… de mariposa a mariposa.  El ya lo es, lo ha sido desde el momento en que dejó atrás a la oruga y voló hacia ese otro estado de ser más completo, porque ya no necesita la materia para ser.  Ahora nosotros tenemos que convertirnos, tenemos que aligerar y tenemos que recobrar todo nexo de unión a través de la esperanza y no a través del dolor, a través de la luz y no de la oscuridad, a través en fin de tenerlo en nuestro corazón, ese lugar donde ya nunca más podremos perderlo.

¿Cuántas cosas hacen falta para lograrlo?  Muchas y podríamos decir que una de las más importantes es la valentía.

La Valentía es una cualidad que forma parte integral y principal en todo proceso de duelo y en toda persona que ha perdido a su ser querido y ha tenido que enfrentarse a la vida sin tenerlo a su lado.  Esta cualidad acompaña y está presente desde el primerísimo momento de la pérdida aunque no seamos conscientes de ello.

Cuando nuestro ser querido se va de forma física, el golpe inicial desata un panorama desolador tan inmenso y sobrecogedor que nos deja literalmente sin aliento.  En un instante todo nuestro futuro desaparece tal y cómo lo habíamos proyectado y nos encontramos sin nada familiar.  Esta situación totalmente extraña nos descoloca y nos precipita hacia un estado de aturdimiento total y desconexión con la realidad que puede eternizarse, manteniéndonos en una suspensión menos dañina.  Lo que nos espera nos amenaza tanto que sin ser conscientes de ello, nos defendemos alargando y posponiendo el momento en el que vamos a tener que enfrentar la realidad.

Ante tanta precariedad, nos vemos totalmente incapacitados y vamos a necesitar una dosis fuerte de valentía para rescatarnos de la nada. En un momento u otro vamos a tener que armarnos de valor, respirar hondamente y dar ese paso, tan duro, hacia lo que nos está esperando.    Desde ese segundo, ya nunca más sabremos lo que es vivir sin valor.  Desde ese momento empieza la construcción de la crisálida.

En un principio somos conscientes del esfuerzo, del hacer de tripas corazón y colocar un pie delante del otro para literalmente ir hacia delante, aunque sólo sea de la cama al sillón más cercano.  Una valentía que va a tener que saltarse todos los parámetros que hasta entonces conocíamos y que hará que nos sorprendamos al reconocer nuestra la capacidad para superar los retos, de todo lo que parece estar en contra nuestra.

Luego, MUY lentamente empezamos a hacernos con la medida de valor necesaria para incorporar cada vez más "vida" en nuestro día a día.  Tarde o temprano llegará el momento en el que parece que ya lo hacemos mejor y que ya no necesitamos esforzarnos tanto, y la verdad es que vamos ganado en experiencia, aprendiendo a emplear el valor de tal forma que nos sorprendería ver cuan expertos nos hemos vuelto.  Incluso ganamos en confianza y podemos cada vez más con nuevos y más complejos retos.  Podemos con todo esto y si algunos que ya hemos hecho el recorrido nos paráramos a pensarlo, seríamos conscientes de todo lo que hemos tenido que sobrellevar para llegar hasta donde estamos ahora,

Con esto quiero haceros conscientes de vuestros logros, porque esos nunca los tenemos en cuenta.  Muchas veces el detrimento principal es el siguiente... ¿Cuántos de vosotros sentís que más vale no tener capacidades porque podría ser que teniéndolas, la vida os vaya enviando más retos y/o desgracias? 

En verdad no es así.  No porque yo sea capaz, voy a tener que demostrarlo superando una dificultad detrás de otra,  No funciona así.  Lo que no nos damos cuenta es que también se necesitan grandes capacidades para vivir grandes acontecimientos, grandes emociones, como el cariño, apreciar, aprender, disfrutar, incluso y ¿por qué no? ser felices.  Reconocer que hemos sido capaces de superar lo imposible abre la puerta a lo extraordinario, la grandeza de la vida, que muchas veces, se significa en la posibilidad de no sólo vivir el duelo bien (llorar, expresar, ayudar, conocernos un poco más), sino de descubrir lo que nos está esperando más allá del dolor.

Y no me refiero a mañanas lejanas sino al momento después del demasiado dolor, cuando ese respiro que necesitamos puede incluir un gesto de cariño, un gesto de comprensión hacia nuestra propia persona, una sonrisa, un agradecimiento.

Tenemos que ser muy valientes como para reconocer que nos está faltando lo más importante: reconocernos y querernos.  Tenemos que querernos ya que toda nueva vida empieza por allí.  Y para esto vamos a tener que admitir las cualidades y la grandeza que nos esperan en nuestro interior.

El paso siguiente es la autoestima, que cuando nos encontramos enfrentando el vació de la pérdida, desaparece, si alguna vez había sido parte importante nuestra.  Digo esto porque raras veces nos damos la oportunidad de conocernos para querernos y valorarnos.  Nos queremos a través de los demás.  Si mis padres me aceptan y me reconocen, si mi pareja me quiere, si mis hijos me aprueban.  Cuántas cosas para aprobarnos y comprobar que somos tan buenos y perfectos como todos.  Es así, cada uno es como tiene que ser, con una cantidad sorprendente de capacidades, con fallos pero sobre todo con buena voluntad.   

Para poder enfocar... primero tenemos que reconocer. Entonces, yo os pido y os animo y ruego que reconozcáis vuestras cualidades.  No sólo saldréis ganando por ello sino que vuestro duelo podrá vivirse de la forma en que cada uno de vosotros necesita que se viva, llorando y expresando todo lo necesario para luego volver a ilusionarse y apreciar y poder abrazar la vida que está esperando sin culpa ni remordimiento. 

Otro factor importantísimo en el camino que nos lleva a la mariposa son nuestras creencias.  Las creencias son los hilos de material invisible que aguantan toda la estructura de la crisálida de forma que facilitan su construcción.  Sin ellas se necesitará más material, más esfuerzo.

El papel que juegan es importantísimo, ya que desde el principio ayudan a ubicar al ser querido.  ¿Dónde está? es un interrogante que necesita respuestas.  En este sentido con unas creencias que se originan desde lo positivo, reconfortante y motivador, casi siempre vamos a tener más fácil una respuesta adecuada.

Dejemos que lo más grande que somos, rompa la barrera de nuestros egoísmos, para encontrarnos en magna unión a través de ese amor.  Y dejemos que nuestros pensamientos, nos lleven más allá de nuestras pequeñas verdades, para gozar de esa otra Verdad, que es la unión con todo y todos.

Somos potencia pura, creadores de la forma en que vamos a vivir nuestras experiencias, nuestro presente y nuestros posibles mañanas.  La capacidad y la elección de vivirnos de la mejor forma, sólo son nuestras.  Tenemos que estar a la altura de nuestra perfección y creer en las herramientas, que tenemos a nuestra disposición, para lograrlo.

Os invito a ahondar, en lo más precioso de todo aquello que creéis, para crear un sistema de creencias que os ayude a transformar lo que no os deja haceros amigos de la muerte.  Acogeros a lo que os susurra vuestro corazón cuando vuela más allá de las estrellas, y acogeros a esa sensación de autenticidad total, que viene de cada chispa de vuestro ser, y que os entrega la verdad máxima porque sois, Verdad.

Veamos entonces la capacidad por excelencia que nos va a lanzar en el camino de ser mariposas: La aceptación

Aquí nos encontramos con quizás el tema más polémico, rechazado pero más necesario en cualquier proceso de crecimiento y especialmente en el proceso de duelo.  Pero no vamos a tratarlo de la forma en que quizás lo habíais tratado hasta ahora

Cuando nos piden que aceptemos, la primera, segunda y tercera reacción es indignación, rebeldía y rechazo.  Esto es así y es MUY normal.  Cuando después de la pérdida de lo más importante en nuestra vida, nos piden que aceptemos, pensamos y con razón que nos están pidiendo que aceptemos el hecho.  Esto es IMPOSIBLE.  Jamás lo vamos a hacer, por mucho que pase el tiempo, es no sólo imposible pero va contra todo sentido común y sentimental.  ¿Cómo vamos a hacerlo?

Cuando yo os hablo de aceptación, no me estoy refiriendo a eso sino de lo mal que os sentís por el desmonte que os está causando vuestra carencia.  Eso se tiene que significar.  Habéis tenido una pérdida y el cambio que esa pérdida está impulsando en vuestra vida no se puede negar. 

Entonces empezáis aceptando la máxima realidad, estáis muy mal.  Este acto de conciencia empieza por la aceptación para luego poder comprender.  El duelo tiene que empezar por ahí: Se está peor que nunca y se está pasando cómo jamás se había pasado, incluso en los peores momentos.  Si no se constata el momento actual, no se podrá sanar.  Si uno no se considero herida, no habrá curación posible.

Cuando nos aceptamos en la noche más negra de nuestra vida, implícita en esa aceptación esta la posibilidad de que en algún momento empiece a amanecer.  Entonces podemos dar un paso más.  Estos momentos de enfrentamiento total con la verdad del presente, nos van colocando en el punto justo de nuestro duelo.  Si no lo hacemos estaremos viviendo a espaldas de nuestras lágrimas que necesitan ser liberadas.  Poder llorar comporta reconocer que tenemos por qué llorar.

Esta es la primerísima aceptación.  Pero a medida que pasa el tiempo vamos a tener que seguir en la línea de la aceptación para transformar.  A medida que vamos liberando el sufrimiento nos damos cuenta que hemos cambiado.  La misma superación de las dificultades que hemos encontrado, nos cambia, y nos cambia de una manera muy puntual.  Ya no somos las personas que éramos antes, ya no reaccionamos de la misma manera.  Las personas, los hechos y los problemas que antes nos desmontaban y descolocaban ahora, ni nos llaman la atención.  Ya tenemos otra perspectiva y podríamos decir que nos proporciona nuevos puntos de vista más enriquecedores.

Esto está, pero muchas veces no lo vamos a aceptar.  Como tampoco cuando ya más adelante empezamos a notar cambios más importantes, cualidades que de pronto notamos: fuerza, sensibilidad, profundidad de pensar y de sentir, más recursos, una visión más sabia que lleva a nuevas posibilidades...  Y podría seguir sin parar.  Cada uno de vosotros podéis calibrar qué cambios y qué capacidades están formando parte de vuestra nueva manera de ser para aplicarlos a vuestro quehacer diario.

Integrar para que lo positivo forme parte del día a día, implica una aceptación previa.  Esto puede convertirse en un problema ya que es duro aceptar que lo peor que nos ha podido pasar puede llevar a alguna mejora, algún beneficio.  Toda superación tiene sus recompensas y vamos a tener que aceptarlas para usarlas de manera que nuestro duelo pueda hacerse de la mejor forma posible, que es cómo nosotros queremos elaborarlo.  En eso estamos y vamos a hacerlo bien.  Cada uno en su momento, sea el que sea.  Si toca llorar, si necesitamos expresar, si podemos apoyar o tenemos que esforzarnos o ya, superar...  Es una carrera que no tiene fin, pero que tiene sus etapas, y es parte de la gran carrera de la vida, con sus obstáculos y momentos de respiro, con duras pruebas y recompensas.  La estamos labrando y como muchas veces se dice, tenemos que estar, tanto a las duras como a las maduras, pero tenemos que estar.  Estar significa aceptar el momento, aceptarnos y aceptar el desenlace.  Y nos encontraremos con muchos momentos en el cual nos será más difícil aceptar lo bueno.

En algún momento del largo proceso de duelo empezaremos a darnos cuenta que la vida nos vuelve a abrir puertas que se habían cerrado de golpe con la pérdida.  Ahora sí, ahora vamos a tener que hacer un acto de valentía total y aceptar esas nuevas oportunidades.  El ser humano es complejo, pero también es completo, tiene sus grandes momentos de dificultad y pruebas, pero también los de recompensa y felicidad.  Este es el máximo esfuerzo, máximo acto de valentía que conlleva todo proceso de duelo... volver a ser felices y de esta manera llegar a ser mariposa.

¿Cuántas trabas?  ¿Cuántos prejuicios?  ¿Cuántos miedos?  Todos ellos impidiendo que nuestra vida vuelva a ser una vez más una celebración compartida con nuestros seres queridos.  Con todos ellos, los que están con nosotros a nuestro lado pero también, los que están con nosotros en nuestro corazón, porque están en cada momento de nuestro presente y en todos nuestros futuros.  Ya jamás habrá pérdida, ya jamás habrá vacío.  Están, y reencontrar la vida, acudir a su invitación perenne de vivirla una vez más se convierte en una ceremonia de puro amor, pura constatación de la presencia de ese ser en todo lo que hacemos, sentimos y pensamos.

Casi ya estamos en verano, y sabiendo que es una época altamente dolorosa, yo os quiero dejar el regalo de este encuentro con vosotros mismos, y con vuestro ser querido... en vuestras manos están la calidad del tiempo y la grandeza del espacio y sois portadores sagrados de los sentimientos precisos y preciosos que estarán siempre presentes porque creéis en ellos.

La portada de DOAM es una mariposa levantando el vuelo y destacándose de la oscuridad tarea hecha posible porque la luz ya se ha convertido en la parte más esencial de su existencia.
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